martes, 20 de diciembre de 2022

Hasta el 2023!!! Felicidades!!!

 

En esta última entrada de este 2022, queremos saludar a todes les que nos leyeron durante este año, agradecerles por haberse enganchado con la propuesta y desearles que pasen unas felices fiestas y que empiecen el año nuevo de la mejor manera.

El año próximo, les volveremos a invitar a seguir (re)pensando nuestras prácticas con nuevas propuestas y nuevas ideas en este Blog que espera seguir siendo un espacio de encuentro e intercambio entre docentes y estudiantes.

Que el 2023 nos vuelva a encontrar reflexionando sobre los aprendizajes, sobre el estudio y sobre las prácticas educativas para seguir (trans)formándonos como docentes y estudiantes.

Felicidades les desea asifuimosapendiendo!!!


martes, 6 de diciembre de 2022

Un lugar mejor. Por Dr. Sergio Morado *

 
Dedicado a mis queridos Highlanders
de la comisión 3B de Química Biológica
del segundo cuatrimestre 2022.
 
La cuestión sobre lo que debe hacerse en las aulas universitarias sigue en permanente cuestionamiento. Históricamente, la universidad estuvo asociada no sólo al estudio sino también a la generación e incluso al cuidado del conocimiento y su exposición en las aulas. Sin embargo, ya desde hace algunas décadas, la enseñanza o puesta en práctica de diversas competencias ha ido ganando terreno. Si bien al comienzo esas innovaciones tuvieron un significado valioso por la mayor consideración que parecía tenerse sobre la presencia de los estudiantes, lentamente las competencias pasaron a ser apenas un entrenamiento para lo que el mundo laboral requiere de los diversos profesionales. Tal es así, que hay quienes consideran, tanto docentes y estudiantes, que la universidad no debe ser más que una etapa de preparación para el trabajo.
 
Recientemente me vi nuevamente enfrentado a la pregunta sobre qué debo hacer como docente en un aula. La idea del entrenamiento de habilidades, que en algún momento consideré como algo interesante, hace tiempo comenzó a resultarme contrastante con lo que considero que debería ser el estudio. Sin embargo, la propuesta de estimular a los estudiantes a estudiar en todo el sentido de la palabra, con la cual venía insistiendo últimamente, parecía no ser aceptada. La respuesta, como siempre debería ser, surgió en cuanto empecé a compartir el tiempo con un nuevo grupo de estudiantes.
 
Con bastante incertidumbre me presenté en la primera clase, con una propuesta nueva para presentarnos y empezar a discutir sobre los verbos que definen al estudio y sobre lo que íbamos a hacer cada vez que nos viéramos en el aula. Así nos fuimos conociendo y nos comprometimos unos con otros a darnos y exigirnos recíprocamente lo mejor y a acompañarnos mutuamente durante unos meses. Cada clase la dedicación mutua fue creciendo y la planificación inicial fue cambiando ligeramente para darles diferentes instancias de protagonismo a las y los estudiantes. No sólo las metodologías y los tiempos de cada uno fueron experimentando variaciones, sino que además el compromiso fue transformándose en complicidad, identificación y cariño.


En el transcurso de las semanas me fui dando cuenta que lo que se estaba construyendo cada vez que nos juntábamos en el aula no era una preparación para el mundo sino un lugar distinto, un lugar mejor que el mundo exterior. Construimos entre docentes y estudiantes un espacio y un tiempo en el cual la validez de las afirmaciones o hipótesis no tenía relación con quién las dijera sino con la argumentación. Los libros empezaron a ser más respetados, discutidos y queridos. Algunas voces habitualmente silenciadas por diversos motivos fuera del aula, dentro de ella cobraron valor y empezaron a escucharse a menudo. Los pequeños grupos habituales fueron diluyéndose y el grupo se transformó en un todo. En definitiva, se creó un lugar en el cual todos teníamos ganas de estar y lamentamos perderlo al finalizar el curso, pese a la firme convicción de mantener el vínculo personal y, por qué no, el espíritu del aula, fuera de ella.
 
Hoy la pregunta sobre lo que debo hacer como docente en el aula está resuelta en su cuestión fundamental, basta con construir un lugar más equitativo, más justo, más respetuoso de los libros y las personas, un lugar donde todos queramos estar. En definitiva, se trata de, independientemente de las metodologías, proponer construir entre todos un lugar mejor.
 
* El Dr. Sergio Morado (@SergioMorado1) es Jefe de Trabajos Prácticos en la cátedra de Química Biológica de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires e Investigador Asistente de CONICET. Es, a su vez, un ferviente apasionado de la música, de la literatura y de la ciencia como forma de entender y explicar el mundo.

martes, 4 de octubre de 2022

Parafraseando a Jacques Ranciere: emancipar a nuestres estudiantes invitándoles a estudiar pero sin preocuparnos por lo que aprenden.

 

En el libro “El maestro ignorante” (sobre el cual escribimos muchas veces en este Blog), Jacques Ranciere recupera la historia de Joseph Jacotot (pensador del siglo XIX) y su experiencia pedagógica (proclamar la emancipación intelectual, enseñando lo que él ignoraba y oponiéndose a la idea de un maestro explicador), utilizando esta “aventura intelectual” para resignificar términos como “igualdad”, “embrutecimiento” o “emancipación” y, así, invitándonos a (re)pensar el rol docente y las prácticas educativas.

El libro todo (recomendamos su lectura completa) es una invitación a la reflexión sobre la praxis pedagógica y siempre genera mucha discusión (entre docentes) por defender, tan clara y radicalmente, ideas como la igualdad de las inteligencias, el carácter embrutecedor de las “explicaciones”, la igualdad como punto de partida (y no de llegada) o la emancipación intelectual.

Es un libro maravilloso plagado de frases e ideas que serían más que interesantes para “parafrasear” en esta “sección” pero que ya hemos discutido y/o compartido en otras ocasiones, por lo que en este caso la invitación es a leer un párrafo del libro, un párrafo que se “mete” con una de las ideas (inicialmente) más resistidas, por asociársela rápida (y desontextualizadamente) con la “evaluación” y, en esa línea de pensamiento, con la “acreditación”.

Se trata de un párrafo que (nos) propone a les docentes emancipadores despreocuparnos por lo que les estudiantes (emancipándose) aprenderán y, en lugar de eso, poner el énfasis en ayudarles a reconocer su potencia y su capacidad de aprender cualquier cosa.

 

En el capítulo 1, “Una aventura intelectual”, en subtítulo “El círculo de la potencia”, en el que Jacques Ranciere ofrece un interesante análisis de la Jacototiana idea de que “se puede enseñar lo que se ignora, si se emancipa al alumno, es decir, si se lo obliga a usar su propia inteligencia”, pensada no como un método de “instrucción” sino como el anuncio de una buena nueva los pobres (“podrás todo aquello que puede un hombre”), el autor escribe:

“Quien emancipa no tiene que preocuparse por lo que el emancipado debe aprender. Aprenderá lo que quiera, tal vez nada. Él sabrá que puede aprender porque la misma inteligencia está obrando en todas las producciones del arte humano, porque un hombre siempre podrá comprender la palabra de otro hombre.” 

Tenemos que trabajar por la emancipación intelectual (nuestra y) de nuestres estudiantes, tenemos que “obligarles” a usar su propia inteligencia, participando del anuncio de esa “buena nueva”: “podrás todo aquello que puede un hombre”.

Y tenemos que hacerlo invitándoles a estudiar pero sin preocuparnos por lo que nuestres estudiantes aprenden. Sí, tenemos que dejar de preocuparnos por lo que nuestres estudiantes aprenden. Aprenderán lo que quieran… Tal vez nada!

 

martes, 6 de septiembre de 2022

Parafraseando a Jorge Larrosa: llamar la atención de nuestres estudiantes hacia nuestro mundo en un doble acto de amor.

 

En el libro, “Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor” (segunda “entrega” de una “trilogía del oficio” que empieza con “P de profesor” y termina con ”El profesor artesano”), Jorge Larrosa homenajea a les profeseres que (como él mismo dice), “contra viento y marea, continúan haciendo bien su trabajo y levantando diques en escuelas, institutos y universidades públicas para que el mundo no se deshaga y el suelo en el que crecen los niños y los jóvenes no sea del todo hostil”.

El libro todo (recomendamos su lectura completa) es una defensa del “oficio de profesor” (y de su papel en la defensa de una “Escuela” que “haga escuela”) en oposición a una “reconversión de los profesores en gestores emocionales y animadores de aula” y a un “capitalismo cognitivo, ese que se fundamenta en el aprender a aprender, en las competencias y en las inteligencias múltiples”.

Pero en este caso la invitación es a leer un párrafo del libro, un párrafo que nos invita a reflexionar sobre la importancia de “capturar la atención” de les estudiantes y de trabajar sobre su “voluntad” al “disciplinar” esa atención y dirigirla (amorosamente) hacia un “algo” que merece esa atención.

Se trata de un párrafo que recupera esa “arendtiana” idea del “doble amor” (sobre la que escribimos en http://asifuimosaprendiendo.blogspot.com/2018/10/hannah-arendt-el-mundo-la-vida-los.html) al proponer que “atender” a ese “algo” hacia el cual les docentes “dirigimos” la atención de nuestres estudiantes, es un modo de hacerlo “real” y, al mismo tiempo, “amable”.

 

En el capítulo 3, “Inactualidad de un arte griego”, en el que Jorge nos invita a (re)pensar nuestros ocios, nuestros retiros, nuestros juegos, nuestros ejercicios, nuestras atenciones, nuestras lecturas y nuestros amores, a partir de interesantes (re)lecturas de textos de otros autores entrelazados con sus propias palabras, el autor “trae” algunas ideas de Simone Weil (a propósito de los ejercicios escolares como “gimnasias o disciplinas de la atención”) y escribe: 

“Toda educación es, primero, una captura de la atención a través de dirigirla hacia un objeto determinado: atiendan ustedes a esto y desatiendan esto otro; segundo, un trabajo sobre la voluntad encaminado a sostener, a orientar y a disciplinar esa atención previamente capturada: continúen ustedes atentos, no desconecten tan rápido, sigan ahí; tercero, un trabajo sobre el amor, sobre eso que tiene existencia y consistencia y, por eso, merece atención. Atender a algo es al mismo tiempo hacerlo ‘real’ y hacerlo ‘amable’.” 

Tenemos que capturar la atención de nuestres estudiantes. Tenemos que dirigir esa atención hacia objetos determinados, hacia ciertas porciones del mundo, hacia (nuestras) materias de estudio. Tenemos que realizar un trabajo sobre la voluntad de nuestres estudiantes, para disciplinar esa atención.

Como docentes y como estudiantes, tenemos que “hacer realidad” el mundo, cuidarlo y hacerlo amable. Es que la idea de cuidar ese mundo, que tiene existencia y consistencia, y que merece (nuestra) atención, se trata (justamente) de llamar la atención de nuestres estudiantes hacia (partes de) ese mundo “real” en un “doble acto” de amor: a las futuras generaciones y al propio mundo.


martes, 2 de agosto de 2022

Parafraseando a Carlos Cullen: una deconstrucción ética y emancipadora para liberar la Educación posible.

 

En el libro, “Perfiles ético políticos de la Educación”, Carlos Cullen se propone (y nos propone) reflexionar sobre varias cuestiones relacionadas con el fundamento de la Educación, como la cuestión de la justicia en las políticas públicas, la intrínseca relación de la Educación con los derechos humanos y la importancia de las categorías de ciudadanía y de sujeto moral como responsabilidades educativas.

El libro todo (recomendamos su lectura completa) es una invitación a la reflexión sobre la dimensión ético política de la Educación y sobre las maneras en que esa dimensión incide en las prácticas educativas y en la tarea docente.

Pero en este caso la invitación es a leer un párrafo del libro, un párrafo bien breve pero, a la vez, cargado de conceptos, de categorías de análisis y, sobre todo (y como es una costumbre en los textos de Cullen), de esperanza.

Se trata de un párrafo que al mismo tiempo que nos invita a liberar una “Educación posible”, nos recuerda el carácter eminentemente ético (y político) de la tarea docente y la importancia de habilitar el acontecimiento para emancipar las subjetividades.

En el capítulo “La educación como mediación normativa en la formación del sujeto moral”, en el título “Etica y educación: ¿un problema de psicoanálisis aplicado?”, en el que Carlos Cullen reflexiona sobre el malestar en las Escuelas (como parte de un cierto malestar en la cultura y como consecuencia de que “la educación es una de las tareas imposibles”) el autor nos invita a deconstruir críticamente la pretendida neutralidad de un discurso educativo instalado en un orden simbólico dominador y escribe:

“Se trata de deconstruir lo educativo posible, para liberar la Educación posible. Y ésta es una tarea estrictamente ética: hacernos dignos del acontecimiento y emancipar la subjetividad, para que pueda imaginar órdenes simbólicos alternativos.”

Tenemos que apostar a esa deconstrucción de “lo educativo”. Tenemos que “hacernos dignos del acontecimiento”, habilitándolo y recibiendo (hospitalariamente) a la Otredad, sin reducirla a la totalidad de nuestra mismidad. Tenemos que trabajar todos los días por la emancipación!

Y tenemos que imaginar esos posibles órdenes simbólicos alternativos, con memoria y con esperanza, porque como alguna vez dijo Carlos Cullen: “se trata de moverse con memoria (no nostalgia) y esperanza (no delirio), en una práctica docente que se mueva entre huellas socio-históricas y horizontes emancipadores”.

Como docentes y como estudiantes, tenemos que movernos entre esas huellas socio-históricas y esos horizontes emancipadores, deconstruyendo ese discurso educativo instalado en un orden simbólico dominador, porque sólo así seremos dignos del acontecimiento y porque sólo así podremos liberar la Educación posible.

martes, 5 de julio de 2022

Parafraseando a Pierre Bourdieu y Monique de Saint Martin: una reflexión desmitificadora para evitar ser víctimas de nuestras propias operaciones.

 

En el clásico estudio, “Las categorías del juicio profesoral”, Pierre Bourdieu y Monique de Saint Martin analizan, minuciosa y metódicamente, las clasificaciones que “los profesores” producen, cotidianamente, en sus juicios sobre sus alumnes (o sus colegas) y en sus prácticas docentes y reflexionan sobre el sistema de clasificación profundamente oculto, que está al principio de todas las clasificaciones escolares y de las clasificaciones sociales que legitiman.

El estudio todo (recomendamos su lectura completa) es una (breve pero interesante) invitación a la reflexión sobre los criterios implícitos del juicio profesoral: las “apreciaciones” (taxonomías que revelan las formas rituales de sus considerandos) se relacionan con las “notas” y con el origen social de les alumnes “evaluades”.

Pero en este caso la invitación es a leer un párrafo del estudio, un párrafo que nos interpela (o debería interpelarnos) como docentes universitaries.

Se trata de un párrafo que al mismo tiempo que nos invita a hacer un ejercicio de introspección, de autoevaluación, de reflexión sobre nuestras acciones y de vigilancia epistemológica, también, nos “alerta” sobre un posible “desvío” del sentido de nuestras prácticas operado por el sistema que les auteres analizan.

En el subtítulo “Segunda Lectura. La máquina ideológica”, en el que Pierre Bourdieu y Monique de Saint Martin consideran que el “diagrama” (que describen) no sólo opera como “el esquema de una máquina que, al recibir productos socialmente clasificados, proporciona productos escolarmente clasificados”, sino que (además) “asegura una correspondencia muy estrecha entre la clasificación de entrada y la clasificación de salida, sin nunca conocer ni reconocer (oficialmente) los principios y los criterios de la clasificación social”, les auteres reflexionan sobre “los profesores”, a quienes se refieren como “agentes encargados de las operaciones de clasificación” y escriben:

“Hacen bien lo que tienen que hacer (objetivamente), porque creen hacer otra cosa de lo que hacen; porque hacen algo distinto de lo que creen hacer; porque creen en lo que creen hacer. Mistificadores mistiticados, ellos son las primeras víctimas de las operaciones que efectúan. Porque creen operar una clasificación propiamente escolar o aún específicamente ‘filosófica’, porque creen conferir patentes de calificación carismática (‘espíritu filosófico’, etc.), el sistema puede operar un verdadero desvío del sentido de sus prácticas, obteniendo de ellos que hagan lo que ‘por todo el oro del mundo’ no harían.”

Como docentes universitaries que reflexionamos sobre nuestras prácticas, ¿estaremos haciendo bien lo que tenemos que hacer (objetivamente)? ¿estaremos creyendo que hacemos otra cosa de lo que estamos haciendo? ¿estaremos haciendo algo distinto de lo que creemos hacer? ¿estaremos creyendo en lo que creemos hacer? ¿estaremos siendo “mistificadores mistiticados”? ¿estaremos siendo las primeras víctimas de las operaciones que efectuamos?

Como docentes universitaries, tenemos que estar alerta para evitar que el sistema opere un desvío en el sentido de nuestras prácticas, tenemos que evitar hacer eso que “por todo el oro del mundo” no haríamos, tenemos que evitar conferir patentes de calificación carismática creyendo que estamos operando una clasificación propiamente escolar o académica, cuando hacemos lo que Bourdieu llama “el juicio profesoral”.

martes, 7 de junio de 2022

Parafraseando a Fernando Bárcena: la conversación y el estudio como antídotos contra la vampirización de la Universidad.

 

En el libro, “Elogio del estudio”, Fernando Bárcena, Maximiliano Valerio López y Jorge Larrosa compilan una serie de interesantes textos (escritos por les mencionades y por Carlos Skliar y Ian Masschelein, entre otres), que se proponen (y nos proponen) reflexionar sobre la idea del “estudio”, sobre una cierta idea del “estudio” y sobre lo que esa idea del “estudio” implica en relación a la práctica docente y a lo que acontece (o a lo que debería acontecer, o a lo que –ya- no acontece) en la Escuela y en la Universidad, en tanto “casas de estudio”.

El libro todo (recomendamos su lectura completa) es una invitación a la reflexión sobre el estudio (sobre el carácter estudioso y sobre la práctica del estudio) y una reivindicación (o, mejor dicho, un elogio) del estudio.

Pero en este caso la invitación es a leer un párrafo del libro, un párrafo que nos interpela (o debería interpelarnos) como estudiantes y/o como docentes universitaries.

Se trata de un párrafo que al mismo tiempo que elogia al estudio (y a la capacidad de éste de permitir una cierta conversación entre generaciones), cuestiona la infantilización que conllevan ciertas prácticas que, cada vez más, inundan las Universidades y que, sumadas a otras prácticas “de moda”, hacen cada vez más difícil (sino imposible) el estudio en la Universidad.

En el capítulo “Meditación sobre la vida estudiosa”, en el que Fernando Bárcena ofrece una completa (profunda y, si se nos permite, “estudiosa”) meditación sobre el “estudio”, considerado (cómo él mismo lo dice) “como una forma de vida”, “como algo que se hace y como un lugar donde se hace ese algo”, el autor escribe:

“El estudio nos permite que la conversación entre generaciones prosiga a lo largo del tiempo. Pero hoy nuestras universidades están siendo vampirizadas por un  proceso de infantilización que, como un virus letal, afecta tanto a jóvenes como a adultos, a estudiantes y a profesores, un virus que impide dicha conversación.” 

Tenemos que luchar contra esa vampirización de nuestras Universidades. Tenemos que defender esa conversación entre generaciones que tiene (o debería tener) lugar en nuestras Universidades. Tenemos que recuperar a nuestras Universidades como “casas de estudio”. Tenemos que impedir que las “modas” (y su lenguaje) y el mercado (y su lenguaje) transformen nuestras Universidades en lugares donde se haga (casi) cualquier cosa menos estudiar. Como dice Bárcena, en este mismo libro, “recluirse para estudiar es un verdadero gesto de resistencia en una época en la que escritura y el pensamiento están siendo sometidos a un proceso de estandarización que vuelve dichas actividades algo completamente superfluo”.

Como docentes y como estudiantes, tenemos que defender nuestro lugar de estudio. Tenemos que resistir… estudiando! Porque, de lo contrario, ya no habrá lugar para el estudio, ya no proseguirá esa conversación entre generaciones, y entonces, ya no habrá Universidad.

martes, 24 de mayo de 2022

#AsíFuimosAprendiendo cumple 10 años!!!

 

Parece increíble pero pasaron diez años desde la primera publicación (luego de un par de “tareas” en el curso del CITEP para el que se creó) y hoy este Blog cumple una década!



Y, una vez más, es una linda ocasión para agradecer y para hacer cierto repaso.

Por empezar, esta publicación (conmemorativa de los 10 años del Blog) es un agradecimiento a todes les lecteres de este Blog por estar ahí, a veces de manera silenciosa y otras veces participando con comentarios virtuales u opiniones “cara a cara”. Agradecerles no sólo por interesarse en leer el Blog (y aceptar la constante invitación a reflexionar sobre la Educación) sino también por difundirlo y compartirlo, pegando los links de las entradas en sus muros de Facebook, publicándolas en Instagram, recomendando el Blog por mail a sus contactos o haciendo RT de los (a veces insistentes) tweets (desde @pablocrodriguez) que invitan a leer cada nueva entrada.

Esta publicación (conmemorativa de los 10 años del Blog) es, también, un agradecimiento a todes y cada une de les docentes y estudiantes que participaron del Blog en alguna de las diversas “secciones”, que incluyen más de sesenta escritos originales; más de veinticinco textos escritos por (generoses) colaboradores; más de sesenta entrevistas (entre entrevistas a docentes y entrevistas a estudiantes); casi veinte reseñas de congresos, jornadas o eventos sobre Educación; casi treinta estudiantes contando #CómoAprenden, seis microentrevistas en video y casi treinta entradas de las últimas dos propuestas: “Los #5Libros para tu (trans)formación” y “Lo que el 2020 nos dejó”.

Sería imposible nombrar a cada une porque estamos hablando de más de ciento sesenta personas que sumaron su granito de arena para ayudarnos a construir este espacio de reflexión y para ayudarnos a (re)pensar(nos) y a (re)pensar nuestras prácticas. A todes elles, muchísimas gracias!

Desde el convencimiento del valor que tiene la pluralidad de voces para la reflexión compartida, para la construcción colectiva de sentido y para nuestra propia (trans)formación como docentes crítiques, que se preocupan por (y se ocupan de) la reflexión sobre nuestras propias prácticas, es que redoblamos la invitación y nos proponemos (después de estos 10 años) seguir intentando construir en este mismo sentido y seguir reflexionando a partir de las voces de quienes están en las aulas, con la firme intención de que este Blog siga siendo un espacio que invite a la reflexión y que crezca no sólo en el número de lecteres (para lo cual pueden compartir ahora mismo este link: www.asifuimosaprendiendo.blogspot.com.ar) sino, también, en el número de voces que en él se manifiesten.

Cuando empezamos, era impensado llegar a 10 años con un Blog sobre Educación pero ahora, vamos por más! Por más entradas, por más colaboraciones y por más (y mejor) reflexión colectiva y como dijo Lisa Simpson, en esa frase que motivó una de las primeras entradas de este Blog: “Ah, pensamos hacerlo!”.

Muchas gracias a todes!!!

 

martes, 17 de mayo de 2022

Lo que el 2020 nos dejó: El aula es el marco habitual que da entrada al mundo, es una morada de lo íntimo y lo inmenso, es un espacio por habitar, que da lugar a la contingencia, donde se hace presente lo incalculable. Profe,¿cúando volvemos al aula? Por Fabián Chazarreta *

 

Bienvenides de vuelta al Blog! Mientras iniciamos -todavía en pandemia pero más cerca de una nueva (a)normalidad- un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (re)pensándonos como docentes y (re)pensando nuestra tarea docente; nos invitamos a releer, cada Martes, una de las entradas publicadas el año pasado, en las que docentes y referentes del campo educativo reflexionaron (y nos ayudaron a reflexionar) sobre lo que (nos) aconteció durante el rarísimo 2020. Para les que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para les que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar (luego de haber vivido el 2021) y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas docentes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 16 de Noviembre de 2021:

 
 
    “Profe, ¿cuándo volvemos al aula?”
 
    Esta pregunta me la hicieron estudiantes, padres y familiares, mientras estaba en el programa de Acompañamiento a las trayectorias y revinculación escolar (ATR). Esta consulta siempre suscitó en mí una mirada de incertidumbre y preocupación dado que no tenía una respuesta (y sigo sin tenerla) pero sí me quedaba claro algo: ese interrogante no era simple curiosidad; no era solo un deseo; también era una expresión de necesidad (y lo sigue siendo). La validación del aula (y a esto sumo a la escuela y la labor docente) es quizás, el aprendizaje más significativo que (nos) dejó la pandemia: ver (sentir) al salón como un espacio en el que se encuentra, se alberga, se da lugar, se hospeda, se acoge, se cuida, se (re)conoce, se acompaña, se relaciona y se da la bienvenida al otro/otra/otre. El aula es el marco habitual que da entrada al mundo que nos rodea (o al menos el más propicio). Es un espacio por habitar y un espacio por habitar con otros/otras/otres. Una morada de lo íntimo y lo inmenso, nada más y nada menos. Un espacio que da lugar a la contingencia. “La contingencia no es la posibilidad de que algo suceda, sino la imposibilidad de calcular cuándo irrumpirá un elemento, nuevo o inadvertido, que desencadenará una configuración inédita” afirma Ritvo. El aula es un espacio donde se hace presente lo incalculable. Un refugio, un rincón para resguardarnos de lo que pasa a nuestro alrededor. La presencia o presencialidad no es igual o no iguala a la virtualidad, ya que es una transmisión mediada, equis distante. No descubro nada al decir eso, pero, también es necesario decir que, gracias a la virtualidad, no perdimos todo o más de lo que ya se perdió. La virtualidad fue una forma de seguir haciendo presencia, y permanecer. ¿Se puede “volver” a lo que fue? ¿Se puede “retornar”, es decir, volver al lugar o a la situación en la que se estuvo? ¿Es posible pensar más en un “regresar”, en el sentido de devolver o restituir algo a su poseedor? ¿Devolver(le) el aula a les estudiantes y docentes? Y, cuando por fin nos veamos, cuando se dé ese encuentro, ¿sabremos qué esperar? ¿encontraremos eso que pensamos encontrar? Hay cosas que no pueden decirse porque se nos escapan, y hay preguntas que nos acompañaran un buen rato.

 
    Muchas prácticas se vieron afectadas por la situación excepcional de pandemia, por eso existe una gran preocupación por revisar, rever y examinar todos los ámbitos que conciernen a lo educativo. La necesidad de evaluar o acreditar en la virtualidad fue uno de las más grandes preocupaciones que mantuvo ocupado a les docentes, familias y sobre todo estudiantes. El agotamiento que generan las pantallas posibilitó la apertura a otros tipos de evaluación que no fueran las tradicionales. Se generó un espacio para poder pensar otros tipos de herramientas a la hora de evaluar. La pandemia nos da una oportunidad para relacionar la evaluación con la enseñanza y el aprendizaje. Rebeca Anijovich hablaba en su momento de una “evaluación alternativa”: “se debe atender a las experiencias, procedimientos y trayectos que hay que recorrer durante el aprendizaje ya sea en la toma de conciencia, en la corrección o en el perfeccionamiento del aprendizaje” (Anijovich, 2004). Recoger información cuantitativa de la participación, recoger evidencias del aprendizaje, la autoevaluación, la retroalimentación y la comunicación con las familias son los pilares fundamentales para poder propiciar una nueva forma de evaluar. Además, todo lo audiovisual, toma relevancia, ya que es una lengua que muches estudiantes manejan y que les docentes deben adquirir. Las nuevas aplicaciones y plataformas educativas fueron parte del equipo docente (y lo seguirán siendo). Y las tecnologías se han transformado para propiciar la participación de los usuarios. Participación que lleva al cambio y a la posibilidad de poder dejar una marca significativa. Debemos educar para la participación y el rol activo en las tecnologías, pero, además, en la sociedad. En este punto el rol del docente es fundamental ya que debe acompañar al estudiante y ser parte de su recorrido. En definitiva, lo que buscamos son evidencias del camino recorrido. Evidencias de esa marca o “huella”, que no siempre se puede evaluar, pero se puede (se debe) buscar. Algo de nosotros queda en la vida del otro lejos del presente de eso, y si los docentes somos un puente que busca comunicar, el presente con el futuro y sobre todo con el pasado, debemos entonces hacer caminos, experiencias y aprendizajes que conmuevan, motiven, animen, conmocionen y descoloquen. Siempre estamos en la búsqueda de ecos de lo que vivimos. Resonancia de experiencias nuestras muy difíciles de decir. Evidencias como dice Fito Páez, de que “algo de vos, llego hasta a mí”, y viceversa.
 
    Ahora bien, con lo dicho anteriormente, habrá quienes, luego de la situación excepcional de pandemia, quieran recuperar la presencialidad a toda costa, exigiendo el máximo de clases posibles, con más horas, inclusive teniendo clases los fines de semana y más presencia de la escuela en todos los sentidos. Habrá otros, que pedirán no abandonar toda la virtualidad, que mantendrán una cuestión hibrida o bimodal para que la adaptación a las aulas sea despacio y amena. Y hay quienes no están dispuestos a volver, todavía al aula, porque el virus sigue estando, ronda entre nosotros o porque simplemente han encontrado una forma de habitar a través de las pantallas. ¿Cuál es el método o la forma más indicada? No lo sé. ¿Para qué reservaría la presencialidad y la virtualidad? Tampoco lo sé. Habiendo vivido un hecho que afectó al mundo entero, que marcó y marcará para siempre nuestras vidas y que nos hizo sentir nuestra fragilidad plena, me es difícil (imposible) vislumbrar cómo va a seguir todo. La pandemia robó al mundo algo de sus bellezas (que debemos recuperar) por eso siento que las cosas decantarán u ocuparán su lugar de algún modo. Aunque, sí, encuentro algo que debemos reivindicar y eso es la “alternancia”. “Y si mañana es como ayer otra vez, lo que fue hermoso será horrible después” decía el sublime Charly García pensando que, si hay algo que se repite día a día, aunque ese algo sea bueno, tarde o temprano terminará siendo horrible, “Nada es más difícil de soportar [para el ser humano] que una sucesión de días hermosos" decía Freud citando a Goëthe. Antes de esta pandemia, ¿quién iba a pensar que gran parte de todas las escuelas de este país tendrían clases virtualmente? Sí, siempre existió la virtualidad, pero como soporte, como sostén de la presencialidad, no en un primer plano. Hoy podemos pensar en una cuestión bimodal sin que eso signifique la renuncia a cierta presencia o al revés, podemos pensar la presencia sin dejar lo virtual. Este último componente, a raíz de lo que vivimos, logró independizarse, dejó de ser soporte para convertirse en pilar. Sabemos que no todo se puede enseñar “on line”, algunas cosas requieren de la presencia. Hay que identificarlas y hacerlas cuando volvamos a vernos. Quizás, además de preguntarnos por el método que debemos articular para el mañana, también, necesitamos pensar e imaginar, a la luz de la experiencia: ¿qué tipo de escena (aula o escuela) pretendemos? Una vez más, como planteaba Sartre, el problema es qué haremos con lo que han hecho de nosotros. “Lo que hace a un país vivible, cualquiera que sea, es la posibilidad que le da al pensamiento de abandonarlo” escribe Jean-Christophe Bailly. Si no hay alternancia, la felicidad tampoco se puede acoger. La pandemia nos mostró la caducidad de muchas cosas que creíamos permanentes. Expuso las desigualdades de manera despiadada. El mundo ha girado hasta convertirse en ancho y ajeno, de nuevo. Y nosotros giramos con él. La escuela deberá girar. “…nunca hay conocimiento independiente de la situación de cada ser humano en su mundo (…) no hay texto sin contexto” sostiene Melich, en “Transformaciones”. La escuela cambiará. Pero eso no quiere decir que debamos cambiarlo todo. No se perdió todo. La escuela debe seguir hablando en plural. Debe seguir practicando la “amorosidad”. Debe seguir propiciando el encuentro con el otro/otra/otre. Debe seguir practicando el cuidado, el resguardo y el cariño. Debe revisar(se), (re)pensar(se) y transformar(se). Debe recuperar la mirada y ponerla en aquellos que no tuvieron y no tienen un entorno favorable (y es a los que la pandemia más castigó). Debe recuperar su tiempo y su espacio. Y el mundo volverá a ella. Un día, todos nos fuimos a dormir sin saber que cuando abriéramos los ojos, no volveríamos al mismo mundo de ayer. A partir de ahí, todo se oscureció un poco. La escuela salió al sostén de las familias, estuvo cuando tenía que estar y sostuvo lo que tenía que sostener. Eso quiere decir, que ahora, en un momento donde las cosas comienzan a tomar tinte, la escuela seguirá estando. Como dije, no sé cómo continuarán las cosas, pero continuarán. Irán tomando color y lugar. Como decía el siempre tan extraordinario y amado Cerati: “…puede que no haya certezas. Vamos despacio, para encontrarnos”; y nos volveremos a encontrar.
 
 
Fabián Chazarreta (@Faby_aleph) es estudiante de Letras en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica Nº83 (Quilmes). Es orgulloso ex graduado de la casa de “Slytherin” en HogwartsProfesor, primero; de lengua y literatura, después. Da clases en ESB Nº54 (Burzaco) y da clases particulares. También hace teatro en el espacio “Mascaras” en Solano (Quilmes). Lector de pocos libros, muchas veces. Voluntario en el equipo de Apoyo Escolar y Acompañamiento Educativo de la UBA (actividad que “me cambió la vida. ¡Gracias!”). Un optimista encubierto en las filas de los pesimistas. Un héroe: su Papá (arquitecto en su camino literario y como profesor). Ejemplos: sus abuelos. Quizás se mude a Salta para transformarse la vida con un proyecto como el voluntariado. Peronista: por herencia y elección. ¡Fiel convencido de que la patria es el Otre!


martes, 10 de mayo de 2022

Lo que el 2020 nos dejó: “Experiencias colectivas y escenas de enseñanza nunca antes pensadas nos permitieron sostener el vínculo pedagógico prescindiendo de la presencia física, con sentimiento y amorosidad”. Por Constanza Miscione *

 

Bienvenides de vuelta al Blog! Mientras iniciamos -todavía en pandemia pero más cerca de una nueva (a)normalidad- un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (re)pensándonos como docentes y (re)pensando nuestra tarea docente; nos invitamos a releer, cada Martes, una de las entradas publicadas el año pasado, en las que docentes y referentes del campo educativo reflexionaron (y nos ayudaron a reflexionar) sobre lo que (nos) aconteció durante el rarísimo 2020. Para les que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para les que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar (luego de haber vivido el 2021) y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas docentes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 2 de Noviembre de 2021:


Hace tiempo que intento escribir sobre el 2020 y las vivencias docentes vinculadas. Creo que nos llevará tiempo pensar los acontecimientos, volver sobre lo vivido, interrogar las experiencias docentes para aprender, enriquecer, capitalizar... Y la experiencia de la que hablo es la experiencia que Jorge Larrosa nombra como aquello del ámbito de lo común, de lo cotidiano y que por alguna razón se destaca, se vuelve excepcional. La pandemia vino a destacar situaciones que ya venían pasando, reveló una desigualdad que ya existía y durante este tiempo la escuela adquirió una presencia social y cultural que ya venía sucediendo pero en estos tiempos se acrecentó.

Nos hemos visto en escenas de enseñanza nunca antes pensadas, buscamos variadas maneras de llegar a las, los y les estudiantes. Hemos experimentado el uso de herramientas que antes no conocíamos o desestimábamos. Nos ha interpelado profundamente la necesidad de cautivar, convocar, conquistar a nuestras/os/es estudiantes al vínculo pedagógico. En cuarentena se complicó vincularnos, nos sentimos desafiados en nuestras formas de enseñar y aprender. Y tomo las palabras de Andrea Alliaud cuando expresa que logramos vincularnos prescindiendo de la presencia física con sentimiento, con amorosidad. Antes los vínculos estaban asegurados y sostenidos institucionalmente, en presencia física y con el lazo institucional del edificio de la escuela. En cuarentena los docentes hicimos escuela sin el edificio, sin el encuentro físico. Aprendimos que esos vínculos pueden ser creados, convocados, generados, sostenidos y renovados desde quehaceres cotidianos como responder consultas por whatsapp, llamar a la familia de algún, alguna, algune estudiante distante.

En mi práctica como docente de nivel medio, el desafío de este tiempo estuvo marcado por la búsqueda de caminos de enseñanza aprendizaje que convoquen a mis estudiantes, estuvo centrado en cómo presentar o preparar los contenidos, cómo convocar en este escenario nuevo y diverso. La no presencialidad en el aula y los distintos accesos a las tecnologías de mis estudiantes me llevaron a armar múltiples formas de prácticas de enseñanza. En mi práctica en formación docente, el foco fue acompañar a profesores y profesoras que buscaban capacitación para la emergencia para ellos pensar en cómo convocar a sus estudiantes. En ambos espacios se hizo necesario aceptar la incertidumbre, buscar nuevos caminos para convocar, acompañar y hasta en algunos casos sostener. Y se hizo más fácil cuando el esfuerzo fue colectivo. La experiencia siempre se enriquece cuando se encuentra con otrxs. Otrx para contarle, otrx que nos inspire. Y en estos tiempos fueron las experiencias colectivas y solidarias las que nos fortalecieron, creando juntxs, contando experiencias, cooperando. El desafío está en capitalizar colectivamente lo vivido, ojalá nos demos ese tiempo.

 

Constanza Miscione (@constanzamisc) es Licenciada en Psicología (UBA) con especialidad en Educación. Se desempeña como docente en colegios de nivel medio, asesora pedagógica digital en GCBA y formación docente en Escuela de Maestros (CABA), INFoD y OEI.


martes, 3 de mayo de 2022

Lo que el 2020 nos dejó: “Una cuesta dura de escalar y un nuevo punto panorámico desde donde mirar la educación, revalorizar la escuela, poner en valor de la especificidad del saber docente y recuperar el deseo de aprender, de compartir y de conversar, en un hilo didáctico que hilvane virtualidad y presencialidad”. Por María Monserrat Pose *

 

Bienvenides de vuelta al Blog! Mientras iniciamos -todavía en pandemia pero más cerca de una nueva (a)normalidad- un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (re)pensándonos como docentes y (re)pensando nuestra tarea docente; nos invitamos a releer, cada Martes, una de las entradas publicadas el año pasado, en las que docentes y referentes del campo educativo reflexionaron (y nos ayudaron a reflexionar) sobre lo que (nos) aconteció durante el rarísimo 2020. Para les que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para les que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar (luego de haber vivido el 2021) y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas docentes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 19 de Octubre de 2021:


En mi opinión, la pandemia fue una cuesta dura de escalar, que, sin embargo, en un recoveco de sus intrincados senderos, nos regaló un nuevo punto panorámico desde donde mirar la educación. Este punto panorámico habilitó una nueva perspectiva desde donde poder descubrir aquellos elementos del paisaje educativo que brillan a lo lejos, en contraste con sus lugares sombríos, y poder avistar nuevos territorios donde aún queda mucho por construir. A nivel social, permitió divisar los claroscuros de la disparidad y puso de manifiesto la necesidad de continuar con planes que garanticen igualdad de oportunidades asegurando dispositivos y conectividad. Desde esta nueva vista, la escuela como institución se vio revalorizada. Más que nunca antes,  se llegó a la certeza de que su función es irremplazable no sólo en lo pedagógico, sino también en el rol que cumple en la sociabilidad, la protección de derechos o el acompañamiento a las trayectorias. Asimismo, en muchos casos, esta revalorización vino de la mano de un reconocimiento y una puesta en valor de la especificidad del saber docente. Fue un momento en que en los hogares resonó una y otra vez la frase: “Yo no sé cómo explicarle esto. No soy docente”. Hasta ofreció una nueva perspectiva a los/as estudiantes, que pudieron mirar la escuela con ojos nuevos, valorar lo que allí sucede, recuperar el deseo de aprender, de compartir y de conversar con sus pares y docentes.

Ese punto panorámico también nos develó una nueva vista a los/as educadores y el cambio de perspectiva implicó algunos aprendizajes valiosos que seguro nos quedarán. Creo que fue un tiempo para cuestionarnos sobre el sentido de lo que hacíamos, revaluar algunas prácticas que conservábamos por inercia y experimentar formas nuevas de enseñar, de evaluar y de acompañar. Aprendimos a estar presentes incluso en la distancia, a priorizar, a convocar desde una propuesta significativa, a poner todos nuestros esfuerzos en despertar el interés y el deseo de aprender de nuestros estudiantes, a prestar especial atención a la heterogeneidad de nuestros cursos; a sostenernos y apoyarnos entre colegas.  Siempre fue importante motivar a nuestros/as estudiantes, tener en cuenta sus contextos y sus situaciones personales y adecuar nuestras propuestas a ellos, pero la pandemia convirtió estos objetivos en condiciones sine qua non. Si no les ofrecíamos una propuesta convocante, adaptable, y posible, los/as perdíamos. Ojalá estas sean las claves que sigan marcando el norte de nuestras clases postpandemia, para que no olvidemos ganarnos a nuestros/as alumnos/as y comprenderlos/as en sus diferentes realidades, por más que sus cuerpos vuelvan a poblar el espacio uniformador del aula física.

Creo que nos dirigimos inexorablemente hacia un futuro educativo en donde, más allá de la crisis sanitaria, crecerá la oferta de  estudios terciarios y universitarios de grado y posgrado en modalidad híbrida, y me preocupa que este escenario pueda intensificar las brechas si no está acompañado de políticas públicas que aseguren dispositivos, conectividad e igualdad de oportunidades. Frente a este panorama, y suponiendo un estado presente para asegurar las condiciones, confieso que me entusiasma incluso imaginar una escuela que desde los últimos años del nivel medio ofrezca espacios de aprendizaje híbridos que preparen a los/as estudiantes para un mundo en donde lo analógico y lo digital se entraman cada vez más.

 Sin embargo, cuando pienso en bimodalidad, no me refiero a la forma que tomó en algunas instituciones en la situación de emergencia sanitaria, sino a un sistema en donde los espacios presenciales y virtuales estén aprovechados en sus potencialidades específicas, se integren armoniosamente en una secuencia didáctica y no recarguen el trabajo de los docentes exigiéndoles duplicar sus horas por el mismo sueldo o atender alumnos on y offline en paralelo. Los espacios virtuales asincrónicos son una oportunidad para fomentar la independencia, la organización y la autogestión de los estudiantes, pero deben ser contabilizados como tiempo de trabajo dentro de la carga horaria de un curso tanto para los docentes como para los alumnos. Limitar la virtualidad a una sobreabundancia de encuentros sincrónicos, a un repositorio de materiales o a un buzón de entrega de tareas es ignorar su valor para alentar la lectura transmedia, la investigación, la producción en distintos lenguajes, y la colaboración entre pares. Por otra parte, la presencialidad es ideal para la socialización de producciones, el debate, la conversación, la retroalimentación en tiempo real y para cualquier actividad que involucre lo tangible y lo corporal. Lograr que un mismo hilo didáctico hilvane virtualidad y presencialidad adecuadamente puede dar lugar a propuestas valiosas que combinen lo mejor de los dos mundos, y que sean coherentes con la forma en que nuestras vidas on y offline se ensamblan y combinan en la actualidad. Creo que desde este punto panorámico que nos brindó la pandemia, el territorio de la bimodalidad nos invita y convoca a construir caminos y lotear algunos sectores de terreno virgen para volverlo transitable y habitable para todos/as.


María Monserrat Pose (@monserrat_pose) es Maestranda en Tecnología Educativa de la UBA, Especialista en Educación y Nuevas Tecnologías del PENT de FLACSO, Licenciada en Letras (UBA) y profesora de Inglés por el ISLV “Juan Ramón Fernández”. Se desempeña como tutora en la Diplomatura en Educación y Nuevas Tecnologías en el PENT de FLACSO y es miembro del equipo de investigación de la misma casa de estudios en el proyecto App2Five. Es profesora de Tecnologías de la Enseñanza en UdeSA y Coordinadora de Tutores en INFoD. Es docente de Lengua y Literatura Inglesa y dicta capacitaciones y seminarios relacionados con Tecnología Educativa en diversas instituciones.En sus ratos libres, le gusta leer literatura y cultivar suculentas.