martes, 3 de mayo de 2022

Lo que el 2020 nos dejó: “Una cuesta dura de escalar y un nuevo punto panorámico desde donde mirar la educación, revalorizar la escuela, poner en valor de la especificidad del saber docente y recuperar el deseo de aprender, de compartir y de conversar, en un hilo didáctico que hilvane virtualidad y presencialidad”. Por María Monserrat Pose *

 

Bienvenides de vuelta al Blog! Mientras iniciamos -todavía en pandemia pero más cerca de una nueva (a)normalidad- un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (re)pensándonos como docentes y (re)pensando nuestra tarea docente; nos invitamos a releer, cada Martes, una de las entradas publicadas el año pasado, en las que docentes y referentes del campo educativo reflexionaron (y nos ayudaron a reflexionar) sobre lo que (nos) aconteció durante el rarísimo 2020. Para les que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para les que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar (luego de haber vivido el 2021) y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas docentes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 19 de Octubre de 2021:


En mi opinión, la pandemia fue una cuesta dura de escalar, que, sin embargo, en un recoveco de sus intrincados senderos, nos regaló un nuevo punto panorámico desde donde mirar la educación. Este punto panorámico habilitó una nueva perspectiva desde donde poder descubrir aquellos elementos del paisaje educativo que brillan a lo lejos, en contraste con sus lugares sombríos, y poder avistar nuevos territorios donde aún queda mucho por construir. A nivel social, permitió divisar los claroscuros de la disparidad y puso de manifiesto la necesidad de continuar con planes que garanticen igualdad de oportunidades asegurando dispositivos y conectividad. Desde esta nueva vista, la escuela como institución se vio revalorizada. Más que nunca antes,  se llegó a la certeza de que su función es irremplazable no sólo en lo pedagógico, sino también en el rol que cumple en la sociabilidad, la protección de derechos o el acompañamiento a las trayectorias. Asimismo, en muchos casos, esta revalorización vino de la mano de un reconocimiento y una puesta en valor de la especificidad del saber docente. Fue un momento en que en los hogares resonó una y otra vez la frase: “Yo no sé cómo explicarle esto. No soy docente”. Hasta ofreció una nueva perspectiva a los/as estudiantes, que pudieron mirar la escuela con ojos nuevos, valorar lo que allí sucede, recuperar el deseo de aprender, de compartir y de conversar con sus pares y docentes.

Ese punto panorámico también nos develó una nueva vista a los/as educadores y el cambio de perspectiva implicó algunos aprendizajes valiosos que seguro nos quedarán. Creo que fue un tiempo para cuestionarnos sobre el sentido de lo que hacíamos, revaluar algunas prácticas que conservábamos por inercia y experimentar formas nuevas de enseñar, de evaluar y de acompañar. Aprendimos a estar presentes incluso en la distancia, a priorizar, a convocar desde una propuesta significativa, a poner todos nuestros esfuerzos en despertar el interés y el deseo de aprender de nuestros estudiantes, a prestar especial atención a la heterogeneidad de nuestros cursos; a sostenernos y apoyarnos entre colegas.  Siempre fue importante motivar a nuestros/as estudiantes, tener en cuenta sus contextos y sus situaciones personales y adecuar nuestras propuestas a ellos, pero la pandemia convirtió estos objetivos en condiciones sine qua non. Si no les ofrecíamos una propuesta convocante, adaptable, y posible, los/as perdíamos. Ojalá estas sean las claves que sigan marcando el norte de nuestras clases postpandemia, para que no olvidemos ganarnos a nuestros/as alumnos/as y comprenderlos/as en sus diferentes realidades, por más que sus cuerpos vuelvan a poblar el espacio uniformador del aula física.

Creo que nos dirigimos inexorablemente hacia un futuro educativo en donde, más allá de la crisis sanitaria, crecerá la oferta de  estudios terciarios y universitarios de grado y posgrado en modalidad híbrida, y me preocupa que este escenario pueda intensificar las brechas si no está acompañado de políticas públicas que aseguren dispositivos, conectividad e igualdad de oportunidades. Frente a este panorama, y suponiendo un estado presente para asegurar las condiciones, confieso que me entusiasma incluso imaginar una escuela que desde los últimos años del nivel medio ofrezca espacios de aprendizaje híbridos que preparen a los/as estudiantes para un mundo en donde lo analógico y lo digital se entraman cada vez más.

 Sin embargo, cuando pienso en bimodalidad, no me refiero a la forma que tomó en algunas instituciones en la situación de emergencia sanitaria, sino a un sistema en donde los espacios presenciales y virtuales estén aprovechados en sus potencialidades específicas, se integren armoniosamente en una secuencia didáctica y no recarguen el trabajo de los docentes exigiéndoles duplicar sus horas por el mismo sueldo o atender alumnos on y offline en paralelo. Los espacios virtuales asincrónicos son una oportunidad para fomentar la independencia, la organización y la autogestión de los estudiantes, pero deben ser contabilizados como tiempo de trabajo dentro de la carga horaria de un curso tanto para los docentes como para los alumnos. Limitar la virtualidad a una sobreabundancia de encuentros sincrónicos, a un repositorio de materiales o a un buzón de entrega de tareas es ignorar su valor para alentar la lectura transmedia, la investigación, la producción en distintos lenguajes, y la colaboración entre pares. Por otra parte, la presencialidad es ideal para la socialización de producciones, el debate, la conversación, la retroalimentación en tiempo real y para cualquier actividad que involucre lo tangible y lo corporal. Lograr que un mismo hilo didáctico hilvane virtualidad y presencialidad adecuadamente puede dar lugar a propuestas valiosas que combinen lo mejor de los dos mundos, y que sean coherentes con la forma en que nuestras vidas on y offline se ensamblan y combinan en la actualidad. Creo que desde este punto panorámico que nos brindó la pandemia, el territorio de la bimodalidad nos invita y convoca a construir caminos y lotear algunos sectores de terreno virgen para volverlo transitable y habitable para todos/as.


María Monserrat Pose (@monserrat_pose) es Maestranda en Tecnología Educativa de la UBA, Especialista en Educación y Nuevas Tecnologías del PENT de FLACSO, Licenciada en Letras (UBA) y profesora de Inglés por el ISLV “Juan Ramón Fernández”. Se desempeña como tutora en la Diplomatura en Educación y Nuevas Tecnologías en el PENT de FLACSO y es miembro del equipo de investigación de la misma casa de estudios en el proyecto App2Five. Es profesora de Tecnologías de la Enseñanza en UdeSA y Coordinadora de Tutores en INFoD. Es docente de Lengua y Literatura Inglesa y dicta capacitaciones y seminarios relacionados con Tecnología Educativa en diversas instituciones.En sus ratos libres, le gusta leer literatura y cultivar suculentas.


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