viernes, 12 de febrero de 2016

No tan distintos.


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 10 de Julio de 2012:


Siguiendo la lógica de la publicación anterior, esta idea del sentido último (o primero) de la Educación, pretendemos ahora centrarnos en la Educación Universitaria en general y en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en particular. Cuantas veces escuchamos decir (o dijimos) que la UBA es una Universidad pública, inclusiva, no arancelada y de ingreso irrestricto, cuánto nos enorgullecemos de esto, cuánto nos gusta decirlo (sobre todo cuando hablamos con colegas de otros países, que nos escuchan sorprendidos y con admiración), cuántos reconocemos que no seríamos profesionales si no fuera por estas características de la UBA. Sin embargo, acá también, la realidad (más allá de nuestra experiencia personal o la de algún@s de nuestr@s conocid@s) parece contradecirnos y obligarnos a reflexionar un poco sobre la función de la Universidad y su rol en los procesos transformadores que luchan por una sociedad más justa y más equitativa.

Para empezar este análisis les propongo compartir un fragmento del texto “Continuities in Cultural Evolution”, de la antropóloga estadounidense Margaret Mead con el que me topé por casualidad. Hace un tiempo estaba leyendo “Los herederos: los estudiantes y la cultura”, de Pierre Bourdieu y Jean Claude Passeron (libro que recomiendo fuertemente para tod@s l@s intentamos dedicarnos a esto) y me encontré, en la apertura de uno de los capítulos con esta cita que me pareció reveladora:

“Entre los indios de Norteamérica, el comportamiento del visionario era altamente refinado. El joven que no había “elegido todavía una visión” era habitualmente enviado a escuchar los numerosos relatos de las visiones que habían tenido los demás hombres, relatos que describían en detalle el tipo de experiencia que debía considerarse como una “verdadera visión” y el tipo especial de circunstancia (…) que daba validez a un encuentro sobrenatural y que, en consecuencia, confería al visionario el poder de cazar, de llevar adelante una empresa guerrera y así sucesivamente. Así ocurría entre los “omaha”, a pesar de que los relatos no daban detalles sobre lo que habían visto los visionarios. Un examen más en profundidad hacía percibir claramente que la visión no era una experiencia mística democráticamente accesible a cualquiera que la buscara sino un método cuidadosamente mantenido para conservar para ciertas familias la herencia de la pertenencia a la sociedad de los hechiceros. En principio, la entrada a la sociedad estaba validada por una visión libremente buscada, pero el dogma según el cual una visión era una experiencia mística no específica que todo joven podía buscar y encontrar, estaba contrabalanceado por el secreto muy cuidadosamente guardado, referido a todo lo que constituía una verdadera visión. Los jóvenes que deseaban entrar en la sociedad del poder debían retirarse en soledad, ayunar, regresar y contar sus visiones a los ancianos, todo esto para que se les anunciará, si no eran miembros de las familias de elite, que su visión no era auténtica.” (Margaret Mead, en “Continuities in Cultural Evolution”).
¿Tal vez los “ancianos de los omaha” y las Universidades no somos tan distintos, no?

jueves, 11 de febrero de 2016

Si el caballo razona se acabó la equitación.


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 3 de Julio de 2012:


Dado que el título de esta entrada es una frase (que algun@s atribuyen a César Bruto) sugerida por una lectora que aprecio y admiro mucho, aprovecho estas primeras líneas para agradecer a quienes leen este Blog por engancharse con la propuesta, por recomendarlo a sus conocid@s, por postearlo en sus muros de Facebook o linkearlo en Twitter y, nuevamente, l@s invito a participar comentando en el mismo o realizando críticas, sugerencias, ideas o propuestas que pueden enviarme por mail (prodriguez@fvet.uba.ar) o Twitter (a @pablocrodriguez).

Hace un par de meses me tocó participar de la presentación del libro “La rebelión de los medios emergentes” y en mi intervención critiqué la idea un tanto esquizofrénica y algo contradictoria de proponer, desde los medios de comunicación (supuestamente alternativos o emergentes) el cambio de paradigma que ubica a los medios de comunicación (generalmente hegemónicos) en su posición actual. O los medios de comunicación son (como siempre denunciamos que son) “los guardianes del statu quo” o los medios de comunicación son (como el mismo libro propone) "herramientas de consolidación de lo nuevo, de consolidación de procesos políticos-sociales, que apuntan a producir transformaciones profundas y definitivas”.

En ese momento lo planteaba con una analogía del campo de la Educación: nos la pasamos diciendo que la Educación reproduce las desigualdades, mantiene el status quo, está al servicio de los grupos dominantes, actúa como aparato ideológico del estado y después trabajamos dentro de este sistema educativo para mejorarlo, agiornarlo, reformarlo y (creyendo que vamos a) ponerlo al servicio de la igualdad, la equidad y la justicia social. Creo que hay algo de esquizofrénico en este comportamiento. ¿Acaso creemos que vamos a hacer, como dice Sir Ken Robinson, una “revolución de la Educación”? ¿Acaso desconocemos el fin último de la Educación? ¿O es que preferimos ignorarlo?

De todas maneras se me vienen a la mente ejemplos que sostienen esa postura supuestamente esquizofrénica. Pienso en l@s chic@s de “La Garganta Poderosa”, que rompen con la lógica de los medios de comunicación dominantes desde un medio de comunicación de una calidad excelente que representa el “brazo comunicacional” de una organización barrial magnífica. Pienso en el pedagogo norteamericano Peter McLaren, a quien tuve la suerte de escuchar hace unos años en la Facultad de Derecho de la UBA, explicando cómo pudo surgir en los mismísimos Estados Unidos, la pedagogía crítica revolucionaria (una reivindicación del pensamiento de nuestros latinoamericanos Paulo Freire y Ernesto “Che” Guevara, entre otr@s) y justificándolo con la frase “lo mejor surge de las entrañas de la bestia”. Pienso en Neo, Trinity y Morfeo, los personajes de la genial trilogía de los hermanos Wachowsky teniendo que “entrar” a la Matrix para poder destruirla “desde adentro”. Pero no puedo olvidar el final de la tercera entrega de la saga y no puedo evitar pensar en los desenlaces de los muchos procesos histórico-político-sociales que siguieron esta lógica. Entonces me pregunto y nos pregunto: ¿Seremos utópicos o esquizofrénicos? ¿Seremos revolucionarios o ingenuos?

miércoles, 10 de febrero de 2016

A participar, a participar (Segunda Parte)


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 26 de Junio de 2012:


En el texto anterior empezamos a plantear el tema de la participación de l@s estudiantes partiendo de la base de que la misma no siempre es como nos gustaría, aún cuando l@s docentes pensemos las clases con una activa participación de nuestr@s estudiantes (que no es poco) y actuemos en consecuencia (que ya es un montón), pero lamentablemente esto último tampoco suele ser así. En la mayoría de los casos, l@s docentes no planificamos las clases contemplando este factor o, simplemente, no planificamos las clases.

Desde que las Carreras Docentes/Especialidades en Docencia/Maestrías en Educación desembarcaron en las Universidades, much@s docentes/cursantes -cumpliendo de manera ejemplar con el “oficio de ser estudiante”- entendimos de que se trataban las “planificaciones” y, más importante aún, que se espera de ellas y que poner en ellas para que sean aprobadas/aceptadas, tengan o no algo de ciertas. No nos creamos muy inteligentes por esto, nuestr@s colegas de la escuela primaria y secundaria descubrieron, conocen, y practican este truco desde mucho tiempo antes que nosotr@s. Claro que a ell@s se las piden bastante más seguido, nuestras planificaciones (curriculares o didácticas) parecen limitarse a los trabajos prácticos de algunas materias “pedagógicas” de las carreras de posgrado, a las (infrecuentes, ficticias e irreales) “pruebas de oposición” de los concursos docentes, o a los (aún más infrecuentes) cambios de programa de las materias, en los que en general (como docentes auxiliares) no tenemos “participación”.

Sin embargo voy a suponer que vari@s de nosotr@s sí planificamos nuestras cursadas, nuestras clases y las actividades que proponemos a nuestr@s estudiantes, ya sea de manera individual, sea como pequeños equipos docentes o sea, en el mejor de los casos, como cátedra. Al respecto recomiendo el capítulo 1 (“Los proyectos de cátedra”) del libro “Más didáctica”, de Jorge Steiman.

Personalmente creo que en el acto de planificar nuestra cursada, nuestras clases y las actividades que vamos a proponerles a nuestr@s estudiantes es donde empieza a definirse la participación que ell@s tendrán dentro y fuera del aula.

No voy a explayarme en este texto respecto a cómo hacer una planificación (de una cursada, de una clase o de una actividad) pero sí me interesa dejar una idea que a mí me ha dado muy buenos resultados y que hizo que cambiara bastante la estructura de las clases que guío: cuando tengamos lista -escrita- la planificación, respondámonos para cada momento de la clase, para el tiempo antes de la clase y para el tiempo después de la misma, la siguiente pregunta ¿Qué hacen/Qué van a hacer/Qué esperamos que hagan l@s estudiantes en este momento?

Si la mayoría de las respuestas son “leer”, “escuchar”, “tomar apuntes”, “estudiar” o “responder las preguntas del examen”, entonces estamos en problemas porque en esos casos el “rol activo” lo tenemos l@s docentes. Si realmente nos ubicamos en una postura constructivista respecto del proceso de aprendizaje, debemos ser consecuentes con eso y corrernos del (cómodo, reconfortante y conocido) rol de “docente estrella” para dejarles a nuestr@s estudiantes el rol principal, el rol activo y permitirles (trans)formarse como estudiantes responsables de sus propios aprendizajes (cada vez más) significativos, críticos y autónomos.

viernes, 5 de febrero de 2016

A participar, a participar (Primera Parte)


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 19 de Junio de 2012:


A participar, a participar, que la “clase” es nuestra, tuya y de aquel, de Pedro, María, de Juan y José, eheheh eheheh

Me pregunto cuántos habrán tarareado esta primera “parafrase” o cuántos habrán “escuchado” (mientras la leían) las voces imaginarias de Victor Jara o Daniel Viglietti. Si no fue así, no importa pero a mí me lleva a los lugares más lindos de mi infancia…

En esta entrada pretendo, humildemente, empezar a pensar un tema sobre el que pienso volver en futuros textos ya que lo considero central: la participación (en la clase, en las actividades, en la responsabilidad por los aprendizajes, en la toma de decisiones) de nuestr@s estudiantes.

Es común escuchar docentes preocupados, enojados o angustiados porque sus estudiantes “no participan”. No voy a volver, en esta ocasión (pero sí en la próxima), a la idea de preguntarnos ¿qué hacemos l@s docentes para fomentar esa participación? o ¿qué lugar le damos a l@s estudiantes en la estructura de la clase? sino que voy a suponer lo que me gustaría que pase y much@s decimos que hacemos: pensar una clase con una activa participación de nuestr@s estudiantes (que no es poco) y actuar en consecuencia (que ya es un montón).

Ahora bien, es cierto que (a veces) aún así la participación de nuestr@s estudiantes no es la que esperamos y es saludable que nos preguntemos por las razones que hacen que esto sea así. Por supuesto que hay muchas respuestas posibles y que la motivación surge rápidamente como una dimensión que no podemos dejar de lado y de la que, estoy convencido, somos absolutamente responsables pero en este caso quiero centrarme en un aspecto que -a priori- nos excede y nos condiciona, aunque no por eso (necesariamente) nos determina: la historia y la trayectoria educativa de nuestr@s estudiantes.

Nuestr@s estudiantes tienen (al menos) 10 ó 15 años dentro de este sistema educativo, son expertos en él, se han adaptado (a diferencia de l@s much@s excluid@s que el sistema –deliberadamente- olvidó en el camino) de una manera asombrosa a hacer “lo que se espera de ell@s”. Y, de repente o no tanto, llegamos un par de docentes que les proponemos que hagan todo lo contrario con la promesa de que es lo mejor para ell@s y para sus aprendizajes. Yo, en su lugar, también desconfiaría y, aún si (la convicción de la propuesta hiciera que) lo creyera, me costaría mucho “cambiar el chip”. Me imagino esas tristes escenas de los canales tipo “Animal Planet”, cuando están a punto de liberar a un animal salvaje que vivió casi toda su vida en cautiverio, le abren la jaula y el animal se muere de ganas de salir pero le cuesta mucho. Y claro, a mí también me costaría. Cuánto más cómoda y más fácil parecía la vida en cautiverio. Cuánto más cómodo y fácil es escuchar, copiar, estudiar y repetir.

Me pregunto (y se me ocurren algunas primeras respuestas o aproximaciones): ¿cómo “romper” con décadas de actividades y estrategias centradas en el docente? ¿cómo sacar a nuestr@s estudiantes de un letargo que fue efectivo y exitoso? ¿cómo demostrarles rápidamente la intencionalidad y la efectividad de la propuesta? ¿Cómo empezar la “liberación”, la “emancipación”, el camino hacia un aprendizaje autónomo, reflexivo y significativo?
 

jueves, 4 de febrero de 2016

Ell@s son “l@s otr@s”, y nosotr@s?


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 12 de Junio de 2012:

Seguimos con las autocríticas y la reflexión sobre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos…

La verdad es que no deja de llamarme la atención (y de preocuparme un poco) cada vez que escucho colegas docentes quejándose de sus estudiantes. No me van a decir que no les pasa? Es habitual escuchar quejas como: “L@s estudiantes no leen”, “L@s estudiantes no estudian”, “L@s estudiantes no participan”, “L@s estudiantes no están motivados”, “L@s estudiantes no se esfuerzan lo suficiente” o “L@s estudiantes no aprenden”…

Un par de cuestiones que me parecen interesantes para empezar el análisis.

Primero, ¿y l@s docentes? ¿L@s docentes leemos mucho? ¿L@s docentes estudiamos mucho? ¿L@s docentes estamos (lo suficientemente) motivados? ¿L@s docentes nos esforzamos lo suficiente? ¿Qué aprendemos l@s docentes?

Segundo, ¿quién nos dijo que esas afirmaciones son así? ¿Por qué suponemos que l@s estudiantes no leen? ¿Les preguntamos si leen? Si no leen, ¿les preguntamos por qué? ¿Nos preguntamos de qué manera favorecemos o propiciamos la lectura? ¿Sólo diciéndoles “tienen que leer”? Cuando decimos que l@s estudiantes no participan, ¿en qué nos basamos? ¿En que no “participan” en aburridas exposiciones monológicas? ¿En que no encontraron (aún) la forma de interrumpir la clase magistral en la que supone que deben escuchar y tomar apuntes? ¿En que no se engancharon con una actividad que nada tiene que ver con sus intereses o motivaciones personales o grupales? ¿Quién nos dijo que no estudian? ¿Suponemos que no estudian porque no pudieron responder (de la manera que a nosotr@s nos gustaría) esas tres preguntas mal formuladas de una evaluación que se supone que evalúa los aprendizajes de contenidos de la materia? Y los más importante, “L@s estudiantes no aprenden”, ¿qué no aprenden? y, asumiendo lo errado de esta afirmación: ¿qué sí aprenden?

miércoles, 3 de febrero de 2016

¿Quién aprende qué?


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 5 de Junio de 2012:

Imaginemos la siguiente situación: me toca preparar para la semana próxima la clase de un tema determinado de la materia en la que participo como docente. Entonces, empiezo leyendo el tema del libro que más me gusta (o simplemente del que tengo más a mano), lo subrayo, lo resalto (a mí me gusta escribir en los bordes de la hoja), jerarquizo la información y empiezo a imaginar cómo estructuraría el tema (puedo escribir algunos títulos posibles en una hoja aparte). Después, busco un par de libros más a ver si “dicen lo mismo” y tomando como base el primero que leí, empiezo a escribir algo sobre el tema que siga la estructura que pensé y la del “libro base”, agregando la información de los otros libros. Encuentro muchas similitudes, algunas contradicciones que intento resolver y mucha información que descarto como irrelevante. Ahora me concentro en el texto que estoy escribiendo, lo mejoro, lo “doy vuelta”, lo organizo. Obviamente, como le pasaría a cualquiera, me surgen dudas que resuelvo con la bibliografía e inquietudes que busco en internet. Aparece un montón de “información basura” y entonces priorizo ciertos “sites validados” donde encuentro datos más que interesantes para sumar a mi presentación (si la presentación incluyera un soporte audiovisual, también aparecen un sinfín de imágenes que supongo podrían servirme para ilustrar lo que estoy diciendo) y excelentes ejemplos sobre el tema, que sumo al texto. Ahora empiezo a recortar el texto, jerarquizando, priorizando, seleccionando, re-escribiéndolo y me surgen dudas más complejas, más interesantes que me hacen consultar otra vez la bibliografía, otra vez internet (que esta vez no alcanza) y llego a preguntarle a un colega o a un docente de más experiencia en la cátedra. Al leer el texto casi listo, aparecen las relaciones con otros temas de la materia y con la práctica (a veces con “la vida real”), relaciones que me llevan a hacer un análisis un poco más profundo y complejo, en el que aparecen ideas nuevas, dudas nuevas y aspectos que me cuestan entender pero la mayoría las resuelvo con la bibliografía o con la ayuda de algún otro miembro del equipo docente y alguna cuestión quedará “no resuelta” y el tiempo y el trabajo con otr@s, la resolverá o no. Más allá de que en ese punto tendría que pensar la manera de presentar el tema, el soporte (audiovisual o no) y tendría que planificar la clase (aspecto que me parece central y sobre el que voy a profundizar en otra ocasión), quisiera detenerme a plantear algo en este punto.

Se supone que la tarea del docente es la de facilitar en l@s estudiantes determinados aprendizajes actitudinales, procedimentales y de contenido. Ahora bien, en el relato queda claro algo: yo leí, yo subrayé, yo resalté, yo jerarquicé, yo estructuré, yo busqué información en libros y páginas web, yo encontré similitudes y contradicciones e intenté resolverlas, yo descarté información irrelevante, yo organicé, yo consulté, yo re-escribí, yo busqué ejemplos, yo encontré relaciones con otros temas -con mi vida, con mis saberes previos, con mi historia-, yo analicé, yo profundicé, yo me quedé con dudas que espero (con el tiempo y la ayuda de otr@s) resolver, en fin… yo aprendí!!! Sí, yo aprendí…

Es cierto que cuando termine mi exposición (dialogada o no), l@s estudiantes van a venir y me van a elogiar y me van a decir cosas como: “que buena clase”, “entendí todo”, “soy recursante y nunca lo había entendido así” (que elogio, soy mejor que mis colegas), “la clase estuvo rebuena, se ve que la reprepraraste”. Y sí, la “repreparé”, hice un trabajo enorme y aprendí un montón no sólo sobre el tema en cuestión sino también sobre mí, sobre cómo leer, como resumir, cómo estudiar, en fin… cómo aprender.

Se imaginan el final, no? Si nuestro rol es el de guíar y nuestra función esencial es la de ser facilitadores de los aprendizajes, ¿no será que tenemos que pensar estrategias para que sean nuestr@s estudiantes l@s que hagan ese trabajo u otro trabajo que les sea significativo, relevante y les permita ser realmente constructores de sus propios aprendizajes y controladores de sus propias formas de aprender?

martes, 2 de febrero de 2016

Somos investigadores-docentes, queremos investigar la docencia.


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 29 de Mayo de 2012:


La mayoría de l@s docentes de la Universidad de Buenos Aires, como la mayoría de l@s docentes de las demás Universidades Nacionales, cumplimos el doble rol de docente e investigador. Sí, ya sé que (de acuerdo al Estatuto Universitario y al modelo de Universidad que soñamos) deberíamos cumplir el triple rol de docente-investigador-extensionista pero a los fines de estas líneas, eso ya es mucho pedir. Se podrán imaginar, viendo lo poco valoradas que están nuestras actividades docentes en relación a las actividades de investigación, lo aún menos valoradas que están nuestras actividades de extensión. Pero eso lo dejo para una futura entrada ya que creo que amerita un análisis más detallado.

Pero volvamos a lo que me gustaría plantear hoy: la mayoría de nosotr@s tenemos actividades docentes y actividades de investigación. Quedan excluid@s de este análisis, por razones obvias, aquell@s en los que éstas coinciden por tratarse de (l@s poc@s) docentes universitari@s cuyas líneas de investigación son propias del campo educativo.  En nuestras actividades de investigación (sobre las temáticas más diversas) integramos equipos en los que diseñamos investigaciones, planteamos objetivos (de mejora de algo o de construcción de conocimiento), leemos bibliografía, nos mantenemos actualizados, nos contactamos con otros grupos de investigadores, nos hacemos preguntas, dudamos, pedimos ayuda, cuestionamos, planteamos hipótesis, diseñamos instrumentos para validar o refutar esas hipótesis, realizamos experiencias, reflexionamos sobre el curso de las experiencias, nos equivocamos, cambiamos las estrategias, discutimos resultados, presentamos esos resultados en Seminarios Internos, Congresos o Jornadas, publicamos los resultados; en fin pensamos como investigadores e investigamos.

Ahora bien, en determinados momentos de la semana, cambiamos el chip, somos “solo” docentes y pensamos “solo” como docentes. ¿Qué quiero decir con esto? Que nos corremos completamente del lugar de investigadores y nos ubicamos en un perverso lugar de reproductores de prácticas instituidas (“Esto siempre se hizo así”), sin cuestionarlas, sin dudar de ellas, sin plantearnos objetivos (alguien ya se los habla planteado antes, no?), sin leer más bibliografía que la específica del tema de la materia, sin mantenernos “pedagógicamente” actualizados (por ejemplo, en términos de teorías del aprendizaje), sin contactarnos con otr@s docentes que tengan problemáticas (y/o soluciones) similares o diferentes a las nuestras, sin plantear hipótesis sobre lo que ocurre dentro del aula o fuera de ella, sin diseñar instrumentos para validar o refutar esas hipótesis, sin reflexionar sobre nuestra actividad docente, sin pedir ayuda, sin cambiar las estrategias cuando éstas no cumplen (de la mejor manera posible) con los objetivos planteados, sin discutir dentro del equipo sobre nuestros resultados, sin publicar nuestros resultados o presentarlos en Seminarios Internos, Congresos o Jornadas. En fin, sin investigar ni reflexionar sobre nuestra propia práctica docente o en el mejor de los casos, haciendo alguna de estas cosas de una manera tan intuitiva y tan carente del siempre sobrevalorado rigor científico, que horrorizaría a cualquier “reviewer”.

Pero si somos investigadores es porque estamos familiarizados con la idea de investigar, de dudar, de reflexionar y si somos docentes es porque estamos (o deberíamos estar) preocupados por buscar las mejores maneras de facilitar los aprendizajes de nuestr@s estudiantes. Entonces no me parece tan loco ni complicado que dejemos de disociar esquizofrénicamente nuestras prácticas y seamos, de verdad, docentes-investigadores.

lunes, 1 de febrero de 2016

Estas líneas no alcanzan.


Bienvenid@s de vuelta al Blog! Mientras iniciamos un nuevo año escolar/académico en el que esperamos seguir reflexionando, seguir discutiendo y seguir (trans)formándonos como docentes (cada vez) más facilitadores de aprendizajes (cada vez) más significativos en nuestr@s estudiantes (cada vez) más autónomos; nos invitamos a releer, cada día, una de las entradas publicadas los años anteriores, como forma de volver a “ponernos” en tema. Para l@s que no las leyeron, éstas podrán ser un (nuevo) disparador para la reflexión y el análisis y para los que sí, es probable que las (re)pensemos desde otro lugar y nos inviten a, (nuevamente) pero de otra manera, reflexionar sobre nuestras prácticas y los aprendizajes.

La siguiente entrada fue publicada el Martes 22 de Mayo de 2012:

Hace un par de semanas en una charla sobre el rendimiento de l@s estudiantes en los exámenes parciales, una docente de la cátedra en la que trabajo dijo, respecto a la “no respuesta” de un estudiante a una pregunta del parcial, una frase más que conocida por todos: ¿Cómo no la sabía, si en clase yo la dí?

¿Qué es lo que dio? ¿Qué querrá decir “yo la di”? ¿Qué envolvió la respuesta de alguna manera y se las dio a los estudiantes de alguna forma material? ¿Que la docente dijo la respuesta en una clase, un par de semanas antes del examen? ¿Qué no sólo dijo “la respuesta”, sino que dijo que era importante? ¿Qué dedico un rato de su preciado tiempo de clase a hablar sobre el tema, a exponerlo, a mostrarles a l@s estudiantes lo mucho que sabe del tema, lo mucho que leyó, lo mucho que estudió, lo mucho que preparó la clase?

¿Alguien puede creer que por el hecho de que el docente “diga” (o exponga o presente) un concepto, una idea o un tema en una clase (por más maravillosamente expuesto que esté) l@s estudiantes ya “lo saben”? Yo no!

Y no lo creo así porque estoy convencido de que cuando hablamos de constructivismo (con sus variantes), de aprendizaje significativo, de innovación didáctica y reconstrucción de nuestra práctica docente, no nos referimos a conceptos abstractos ni a frases hechas que suenan bien sino a posibilidades reales de (trans)formarnos como docentes, de cambiar la lógica del trabajo en el aula (y fuera de ella) y de poner las estrategias didácticas y el proceso de enseñanza al servicio de l@s estudiantes y de sus procesos de aprendizaje.

Como no creo que alguien sepa algo sólo porque yo se lo dije, de ninguna manera creería que por el sólo hecho de haber escrito estas líneas, todo aquel que las lee “ya las sabe”, ni mucho menos que las comparte pero sí creo (y me encantaría) que puedan ser instrumentos para que cada uno (re)piense sus acciones (y decisiones) docentes y, en base a su propia experiencia y a su propia trayectoria, le otorgue significados personales y construya sus propias ideas y sus propios conocimientos.

No es tan difícil, no?

martes, 15 de diciembre de 2015

Hasta el 2016! Felicidades!!!


En esta última entrada del año 2015, queremos saludar a tod@s l@s que nos leyeron durante este año, agradecerles por haberse enganchado con la propuesta, por haber comentado, por haber participado de la escritura (colaborativa) de artículos, por haber compartido sus #CómoAprende, por haber respondido las entrevistas y desearles que pasen unas felices fiestas y que empiecen el año nuevo de la mejor manera.

En Febrero del año próximo, l@s volveremos a invitar a seguir (re)pensando nuestras prácticas con nuevas propuestas y nuevas ideas en este Blog que espera seguir siendo un espacio de encuentro e intercambio entre docentes y estudiantes.

Que el 2016 nos vuelva a encontrar reflexionando sobre aprendizajes y sobre prácticas educativas para seguir (trans)formándonos como docentes preocupad@s por facilitar aprendizajes, cada vez más significativas, en estudiantes, cada vez, más autónomos.

Felicidades les desea asifuimosapendiendo!!!

martes, 1 de diciembre de 2015

Un texto que (no) escribí sobre un texto que (no) escribí.


Esta es la primera entrada en la historia de este blog que está siendo escrita por una computadora. Parece un chiste pero efectivamente está siendo escrita por una computadora, aunque obviamente, dictada por una persona.

Lo cierto es que todas las entradas anteriores fueron tipeadas por una persona en un ordenador o, en algunos casos, las ideas sueltas fueron primero escritas en un papel con una lapicera (cómo se escribía antes) y luego tipeadas en una computadora, pero en este caso yo estoy hablándole a un micrófono de esos que vienen con auriculares como los que usan l@s recepcionistas o telefonistas. Digamos que estoy pensando en voz alta y una computadora (en realidad un programa, en este caso la herramienta de escritura por voz de Google Drive) está escribiendo lo que yo (pienso y) digo.

Parece increíble pero de hecho estoy mirando la pantalla y viendo como el cursor se mueve al ritmo de lo que yo digo y escribe esta entrada. Ustedes dirán “bueno sí, pero la entrada la estás dictando vos” y sin dudas que esto es cierto pero no puedo dejar de pensar que esto significa un cambio notable. Muchos de nosotr@s usamos herramientas de escritura virtual en nuestras clases o proponemos a nuestr@s estudiantes actividades que implican utilizarlas. Un ejemplo claro de esto es la realización de cuestionarios o trabajos prácticos grupales en Google Drive con el formato de documentos de Google Docs (tipo Word). Much@s estudiantes utilizan este sistema incluso sin que l@s docentes se lo pidamos (ya que lo consideran una herramienta más que útil para hacer trabajos grupales de manera virtual), creando documentos que se comparten a sus casillas de correo electrónico y que pueden ser editados de manera online por los diferentes miembros del grupo. He tenido la suerte de ser participado en alguno de estos documentos que estudiantes (tanto de Escuela Secundaria como Universitari@s) realizaban trabajos prácticos y cuestionarios o producían textos de manera colaborativa, discutían entre ell@s, preguntaban y respondían. Realmente fue maravilloso ver cómo l@s estudiantes interactuaban, ya sea en el mismo documento (dentro del texto, dónde se puede ver el aporte de cada integrante con colores diferentes o las distintas versiones “borrador” como “historial de revisión”), con comentarios al margen (que, a veces, se transformaban en verdaderas “conversaciones”), con sugerencias o en el chat.

Si bien esto no tiene mucho que ver con la herramienta de escritura por voz, pienso que la posibilidad de dictarle a una computadora y que ésta escriba lo que estamos (pensando y) diciendo, significa en sí mismo un cambio trascendental, como lo fue el cambio (o el pasaje) de escribir con lapicera y papel (como tomábamos apuntes antiguamente) a escribir directamente en una computadora, en una notebook, netbook, tablet o en algún dispositivo electrónico, como los teléfonos inteligentes. Incluso much@s colegas ya utilizan de manera habitual alguno de estos dispositivos para tomar apuntes.

Es evidente que los procesos cognitivos que se ponen en marcha en estas diferentes maneras de escribir son distintos. Si bien en el fondo esto podría ser “más de lo mismo” y puede seguir tratándose de una persona que escucha, procesa información, y decide (o elige) qué (¿y cómo?) escribir, es bastante evidente que ese “cómo” no sólo condiciona sino que (probablemente) determina cuestiones que hacen a esa práctica y a los procesos cognitivos que se juegan en la misma.

Me cuesta creer que el hecho de estar escribiendo esta entrada de esta manera no tenga impacto (incluso) sobre el “qué” de lo que estoy escribiendo. Es más, perdonen ustedes la reiteración pero sigue sorprendiéndome el hecho de ver cómo el cursor se mueve a la misma velocidad que estoy hablando y escribe este texto, que ustedes están leyendo y yo nunca escribí.

Dicho sea de paso lo escribe con una eficiencia ortográfica notable. Creo que no se ha olvidado una sola tilde, exceptuando por supuesto las palabras que admiten la posibilidad de ser escritas de dos maneras (con y sin tilde) y sin ser un experto me animaría a asegurar que ha respetado con gran prolijidad las reglas de la gramática, la semántica y la sintáctica. Quiero decir con esto que a mí me parece sorprendente la posibilidad de estar escribiendo esta nota sin escribir(la). Se podría decir que estoy dictando esta nota a una computadora o que, una computadora está escribiendo lo que yo voy (pensando y) diciendo.

Está demás decir que esta entrada podría incluir una gran cantidad de citas de artículos científicos con resultados (o reflexiones) de (algunas de las) investigaciones que se han realizado sobre este tipo de escritura o sobre los procesos cognitivos involucrados en una y otra forma de escribir (¿y de pensar?) pero no es ese el sentido de este texto. Tal vez el único objetivo de esta última entrada del año sea (no) escribir el texto de esta manera, vivir esta experiencia, reflexionar sobre ella y sacar algunas (preliminares) conclusiones, al mismo tiempo que invitar a l@s lectores a que hagan su propia experiencia, reflexionen y saquen sus propias conclusiones.

Terminado esta reflexión miro lo escrito (por la computadora) y les aseguro que sólo hay dos o tres palabras para corregir (porque el programa malinterpretó mi dictado o yo no supe hacerme entender correctamente) y no hay un sólo error ortográfico. Sí hay que agregar las comas, las comillas, las negritas, los paréntesis, los “puntos seguidos”, los “punto y aparte” y las mayúsculas al inicio de las oraciones.

Bueno, terminé de (no) escribir la entrada. En realidad, terminé de pensar en voz alta y la computadora terminó de escribir la entrada. Ahora nos toca a nosotr@s hacer algo que la computadora (por ahora) no puede hacer: pensar!